¿El Buda murió por comer carne de cerdo? (Parte 2)
En la primera parte del post abordamos que las diferentes escuelas del budismo discuten incansablemente sobre la última cena del Buda, buscando justificar sus dietas y sus doctrinas éticas y morales.
Utilizan la muerte del Buda y el supuesto problema de interpretar qué fue realmente lo que comió antes de morir —hongos, cerdo, sobredosis de hongos, cerdo con hongos— otorgándole a estos relatos una dimensión espiritual y doctrinal.
Sin embargo, esta preocupación exclusiva por la naturaleza del alimento ha dejado de lado el contexto histórico y sociocultural en el que vivió el Buda. A menudo se le presenta como un ser casi sobrenatural, desconociendo que fue un hombre común, inserto en un entorno social, cultural, económico, político y religioso específico. Esta omisión impide comprender que la causa de su muerte y el contenido de su última comida pudieron estar más claros y cercanos de lo que se ha querido admitir.
El Buda antes de su muerte
El Mahāparinibbāna Sutta consta de un texto central y una narrativa marco. Esta última relata el viaje del Buda por el noreste de la India, cerca del río Ganges, durante los últimos tres meses de su vida. El texto explica la doctrina budista y contiene exhortaciones del Buda a sus discípulos para llevar una vida ética.
Se cree que la narrativa marco incluye fragmentos o pasajes que fueron añadidos al texto original en una etapa posterior, con elementos alegóricos como milagros, poderes sobrenaturales del Buda, la presencia de deidades y la disputa sobre las reliquias. En cambio, el texto central, probablemente más cercano a la época del Buda, presenta su enfermedad y muerte de forma más realista.
La enfermedad previa del Buda en Beluvā
El Buda no sufría de ninguna enfermedad crónica. Sin embargo, en los meses previos a su muerte, en Beluvā, —también conocida como Veluvagāma o Veluva, una pequeña aldea cercana a Vesālī— el Buda había sufrido “una grave enfermedad que le causaba agudos dolores, como si fuera a morir”, la cual “soportó con atención plena, plenamente consciente y sin queja” (Dīgha Nikāya II 98 en adelante; Saṃyutta Nikāya V 151 en adelante).
El relato, aunque breve, no permite un diagnóstico exacto. Aunque la enfermedad fue potencialmente mortal, fue de corta duración y el Buda se recuperó por completo. El texto indica que esta dolencia no estaba relacionada con su enfermedad final.
30. Y el Bendito suprimió la enfermedad mediante la fuerza de voluntad, decidió mantener el proceso vital y continuó viviendo. Y así fue como la enfermedad del Bendito fue aliviada.
Este acontecimiento tuvo lugar durante la temporada de los monzones, un periodo caracterizado por la elevada incidencia de enfermedades transmitidas por el agua, las cuales continúan siendo comunes en la India contemporánea.
El monzón ejerce una influencia predominante sobre el clima, la agricultura y la mayor parte de la economía del país, concentrándose en esta temporada aproximadamente el 75% del total anual de precipitaciones.
El deterioro físico del Buda
La creencia de que las personas en la antigua India vivían hasta 150 años proviene principalmente de textos religiosos e historias mitológicas en lugar de evidencia histórica o científica. Estos textos suelen atribuir longevidades extraordinarias a sabios y deidades, pero no existe respaldo empírico que indique que la esperanza de vida humana en la antigua India fuera significativamente mayor que en otras civilizaciones de la época, donde generalmente oscilaba entre los 30 y 50 años.
En realidad, en la India antigua, la expectativa de vida promedio rondaba los 40 años debido a factores sociales, ambientales y médicos propios del periodo. En contraste, el Buda tenía alrededor de 80 años, edad excepcionalmente avanzada para su tiempo.
El discípulo Ānanda lo describió en ese momento como un hombre con “miembros flojos y arrugados y encorvado”. (Saṃyutta Nikāya V, 217).
El mismo Buda declaró que su cuerpo “solo podía mantenerse funcionando a base de remiendos” (Dīgha Nikāya II, 100), evidenciando el deterioro físico avanzado que sufría.
«Ahora estoy débil, Ānanda, anciano, envejecido, he llegado al final de mis años. Este es mi octogésimo año, y mi vida está agotada. Así como un viejo carro, Ānanda, se mantiene unido con gran dificultad, así también el cuerpo del Tathāgata se sostiene solo con apoyos. Solamente cuando el Tathāgata, dejando de prestar atención a los objetos externos, y con el cese de ciertas sensaciones, alcanza y permanece en la concentración mental sin signos, Ānanda, entonces su cuerpo se siente más aliviado.»
Mahāparinibbāna Sutta (DN 16)
Había pasado más de 40 años viajando de un lugar a otro, enseñando su doctrina y guiando a un gran grupo de monjes. Sentía que su misión estaba cumplida, ya que su mensaje era entendido y sus discípulos seguían sus preceptos. Expresó el deseo de morir y predijo que sería liberado de su existencia corporal pronto.
La última cena: contexto natural y geográfico
La última comida del Buda fue ofrecida por Cunda, un herrero o trabajador del metal, en un lugar llamado Pāvā, identificado actualmente con la región de Fazilnagar, cercana a Kushinagar, en el estado de Uttar Pradesh, India.
14. Y Cunda, el herrero, se enteró: «Dicen que el Bienaventurado ha llegado a Pāvā y se está alojando en mi Bosque de Mangos».
Y fue a ver al Bienaventurado, y tras saludarlo respetuosamente, se sentó a un lado.
Y el Bienaventurado instruyó a Cunda el herrero en el Dhamma, lo estimuló, edificó y alegró.
El texto dice claramente que el Buda se hospedó en el huerto de mangos de Cunda. Este tipo de entorno no es un bosque natural, sino más bien agrícola o semiagrícola.
Desde el punto de vista botánico, los árboles de mango (Mangifera indica) no forman micorrizas ectotróficas, por lo tanto no soportan trufas verdaderas (Tuber spp.), que requieren árboles como robles o avellanos.
En temporada de lluvias, sí pueden aparecer hongos saprófitos (no micorrízicos) en zonas húmedas, incluso en huertos de mango, sin embargo, no hay mención textual de hongos en el sutta —todo lo que se dice es que el plato se llamaba sūkaramaddava.
En la región, durante la temporada de lluvias, existen hongos silvestres —como boletus, coprinos, setas y otras especies locales— algunos de los cuales pueden ser comestibles, mientras que otros resultan tóxicos o indigestos si no se preparan adecuadamente.
Sin embargo, cabe destacar que la hipótesis de que “el alimento que comen los cerdos” —es decir, hongos, trufas, ñames o tubérculos— fuera la causa de la enfermedad del Buda es poco probable.
La hipótesis de los hongos venenosos
Estos alimentos, propuestos por algunos comentaristas como “los preferidos por los cerdos”, pueden efectivamente producir toxinas o estar contaminados por ellas, pero no explican de manera convincente la aparición repentina de diarrea con sangre aguda, dolores abdominales intensos y la rápida evolución del cuadro clínico que condujo a su muerte.
Las toxinas de ciertos hongos venenosos del género Amanita provocan una enfermedad bifásica, que comienza con cólicos abdominales y diarrea dentro de las primeras 24 horas, seguida por un período de aparente recuperación de 24 a 48 horas, y finalmente una fase crítica con fallo hepático y renal. Esta evolución no coincide del todo con los síntomas descritos en los textos sobre la enfermedad del Buda.
También se ha propuesto recientemente que su última comida habría contenido la planta soma. Sin embargo, esta teoría carece de fundamento sólido.
El soma era utilizado por practicantes religiosos en la antigua India y ha sido identificado con el hongo alucinógeno Amanita muscaria (matamoscas). No existe ningún registro que indique que el Buda consumiera soma u otras sustancias psicodélicas antes de su enfermedad fatal, y las enseñanzas budistas desaprueban el uso de sustancias que alteran la mente.
Además, los síntomas tóxicos típicos de la Amanita muscaria —como delirios intermitentes, somnolencia profunda o coma— no coinciden con el cuadro clínico que se describe en relación con la muerte del Buda.
Los eventos posteriores a la última comida
Después de ingerir la comida, el Buda sufrió un grave episodio de “diarrea con sangre” (lohita pakkhandika).
21. Y poco después de que el Bienaventurado hubo comido la comida proporcionada por Cunda el herrero, le sobrevino una grave enfermedad, disentería, y sufrió dolores intensos y mortales.
Pero el Bienaventurado los soportó con plena atención, clara comprensión y sin perturbación.22. Entonces el Bienaventurado dijo al Venerable Ananda:
«Ven, Ananda, vayamos a Kusinara».
Y el Venerable Ananda respondió:
«Así sea, Señor».
Construcciones como atha kho en pali simplemente expresan secuencia (“Entonces”, “En ese momento”), y pueden aplicarse a cualquier lapso de tiempo. Parece razonable suponer que cayó enfermo justo después de la comida o algún tiempo más tarde ese mismo día.
El viaje hacia Kusinara
Desde Pāvā, emprendió el viaje hacia Kushinagar, distante aproximadamente 20 kilómetros, una caminata que normalmente habría sido sencilla para alguien en buen estado físico.
Un detalle relevante es que, a diferencia de su costumbre habitual de dirigirse directamente a su destino, el Buda se detuvo a descansar a mitad de camino, cerca de un arroyo llamado Kakutthā o Kakudhā. Este río es descrito como poco profundo y probablemente estacional, lo que indica que su cruce pudo realizarse sin dificultad significativa.
Durante ese intervalo, tenía sed, sentía frío y estaba en un estado debilitado, necesitando varios descansos. En términos médicos, el Buda presentaba síntomas y signos de deshidratación, hipovolemia y shock.
Causa de la muerte
En resumen, el Buda murió a causa de una breve enfermedad caracterizada por disentería (diarrea con sangre), dolores abdominales y shock, que comenzó después de comer sukara-maddava.
Como siempre, el tiempo real que pasó no está claro. El pali no dice “al día siguiente” y no se menciona el número de noches o comidas omitidas. Pero tampoco se menciona otra comida, lo que refuerza la interpretación de que el Buda no comió más.
Se dice que, poco después de llegar, el Buda “falleció dentro del día posterior a su última comida”. Eso sugiere que murió antes de que terminara el día completo desde que comió. En un calendario monástico, eso podría incluso indicar esa misma noche, si la comida fue al mediodía (la última hora en que los monjes comen).
A partir de la correlación entre el consumo de la comida y la aparición de los síntomas, para algunos académicos es razonable suponer que el alimento pudo actuar como desencadenante, pero no necesariamente como causa primaria.
Diagnóstico y etiología de la muerte del Buda
Según el Mahāparinibbāna Sutta, el Buda poco después de haber ingerido la comida, comenzó a sufrir una severa dolencia abdominal, descrita en el texto como lohitapakkhandikā, comúnmente traducida como “disentería sangrante”. El episodio concluye con su fallecimiento en Kushinagar a la edad de 80 años.
A lo largo de los años, diversos médicos, filólogos e historiadores han propuesto distintas hipótesis etiológicas, basándose en la descripción sintomática contenida en los textos canónicos:
1. Disentería bacilar o amebiana
Coincide con los síntomas registrados: evacuaciones con sangre, dolor intestinal intenso, fiebre, sed y debilidad generalizada.
Refutación del diagnóstico diferencial: Podemos descartar como responsables de la muerte del Buda a casi todos los patógenos implicados en la disentería infecciosa. Las infecciones asociadas con Shigella, Salmonella, Campylobacter, Escherichia coli enteroinvasiva y Entamoeba histolytica generalmente tienen un período de incubación más largo (más de 16 horas) que el presumido en el caso del Buda (menos de 12 horas). Con algunas excepciones notables, los vectores comunes no suelen estar relacionados con productos de cerdo. Los síntomas prodrómicos y otros síntomas extraintestinales son frecuentes. La diarrea con sangre en estas infecciones suele ser leve y la tasa de mortalidad baja.
2. Úlcera perforada o enfermedad intestinal crónica
Hipótesis menos aceptadas, pero consideradas debido a la mención de dolores prolongados en etapas previas de su vida.
Refutación del diagnóstico diferencial: La etiología de la diarrea aguda con sangre y los dolores abdominales se divide en varias categorías generales. Como posible trastorno sufrido por el Buda, puede descartarse la enfermedad inflamatoria intestinal. Tanto la colitis ulcerosa como la enfermedad de Crohn son afecciones crónicas que suelen estar acompañadas de síntomas no intestinales, y es poco probable que un episodio inicial haya sido fatal de forma aguda.
3. Infarto mesentérico
Una hipótesis reciente y bien fundamentada sugiere que el Buda pudo haber sufrido un infarto mesentérico —una obstrucción arterial en el intestino— agravado por un cuadro de disentería preexistente. Este diagnóstico explicaría mejor el carácter fulminante del deterioro y los síntomas descritos.
Confirmación del diagnóstico diferencial: Mano Laohavanich (Mettanando Bhikkhu) propuso que no se trató de una intoxicación alimentaria, sino de un segundo episodio de infarto mesentérico lo que causó la muerte del Buda. La oclusión de los vasos mesentéricos llevaría a isquemia e infarto del intestino. Esto podría ocurrir por embolización o en el contexto de estenosis aterosclerótica de los vasos mesentéricos y fallo cardíaco debido a un flujo sanguíneo reducido. Los síntomas del infarto mesentérico coinciden con los del Buda: dolores abdominales, presencia de sangre en las heces y shock terminal. Una oclusión incompleta en un primer episodio también podría explicar otra grave enfermedad que el Buda sufrió durante la temporada de lluvias.
La composición del alimento proporcionado por Cunda no es relevante, ya que es la comida en sí misma la que desencadena la isquemia intestinal. La digestión del alimento requiere un mayor flujo sanguíneo hacia el tracto gastrointestinal del que permiten los vasos mesentéricos estrechados, y este desequilibrio entre demanda y suministro resulta en isquemia.
Crítica secundaria: La principal debilidad de la hipótesis es que ignora la naturaleza del último alimento del Buda. Lo que él comió sí fue importante. El propio Buda reconoció su toxicidad. Insistió en que el sūkaramaddava fuera servido únicamente a él y que no se ofreciera a los monjes, y que el sobrante fuera enterrado.
Lo más probable, según las interpretaciones médicas modernas, es que el Buda padecía un trastorno gastrointestinal preexistente que fue agravado por el alimento ingerido, y que el desenlace fatal se debió a un infarto mesentérico con disentería secundaria.
Sin embargo, aunque se dice que “no existe evidencia concluyente” de que su muerte haya sido causada por consumir carne de cerdo, es una posibilidad significativa. El Sūkaramaddava (sukara-maddava) fue el factor desencadenante de la enfermedad fatal.
4. Intoxicación alimentaria
Derivada del consumo de carne mal cocida, hongos tóxicos u otro alimento en mal estado. Esta explicación se apoya en la conexión temporal entre la ingesta del sūkaramaddava y el inicio de los síntomas.
Refutación del diagnóstico diferencial: La alternativa que plantea el consumo de alimentos propios de la dieta de los cerdos —como hongos, trufas o tubérculos— resulta poco probable, y ya ha sido analizada y descartada en la sección titulada La última cena: contexto natural y geográfico.
Respaldamos la hipótesis de que la carne de cerdo desempeñó un papel en la enfermedad que condujo a la muerte del Buda.
4.1 Intoxicación por carne de cerdo
Confirmación del diagnóstico diferencial: En el caso de la intoxicación por carne de cerdo, se considera que la enfermedad responsable de la muerte del Buda fue el pig-bel (vientre de cerdo). También conocida como Darmbrand (término alemán que significa “intestinos en llamas”) o enteritis necrotizante, el pig-bel es una infección causada por las beta-toxinas de Clostridium perfringens tipo C. Estas esporas y toxinas patógenas, ampliamente distribuidas en la naturaleza, pueden contaminar diversos alimentos, especialmente la carne de cerdo mal cocida.
El Darmbrand se registró en el norte de Alemania inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, durante un periodo de malnutrición generalizada. En Papúa Nueva Guinea, donde se acuñó el término pig-bel, la enfermedad surgía cada 3 a 10 años en relación con los festivales de “matanza de cerdos”, cuando se consumían grandes cantidades de carne de cerdo.
En la patogénesis de la infección humana, factores como la malnutrición, una dieta basada en batatas y la infestación simultánea de lombrices intestinales pueden contribuir al desarrollo de la enfermedad. Los síntomas clínicos varían desde náuseas, vómitos, dolores abdominales y diarrea con sangre, hasta un shock fulminante que puede conducir a la muerte. La tasa de mortalidad en los casos graves puede alcanzar el 60%.
Aunque las medidas de soporte pueden aliviar los síntomas leves, la cirugía es indispensable para extirpar las partes necróticas del intestino.
Las características clínicas y el curso del pig-bel coinciden estrechamente con la enfermedad fatal del Buda, tal como se describe en el Canon Pali.
23. Cuando comió la comida de Cunda, oí decir,
con fortaleza soportó los dolores mortales.
Del sukara-maddava surgió una llaga
y una enfermedad terrible cayó sobre el Señor.
Pero soportó los dolores de la naturaleza.
“Vamos a Kusinara”, fueron sus valientes palabras.
Cuando el Milindapañha interpreta el episodio de la última comida del Buda, no lo hace como testigo temprano, sino como comentario tardío, que busca dar una interpretación ética y doctrinal.
“No fue por la comida que el Señor se enfermó. Fue por la debilidad natural de su cuerpo y la culminación de su vida útil que la enfermedad se agravó.” (Milindapañha 175).
El pasaje donde se dice que la comida no fue la causa de la enfermedad, sino que los dioses la hicieron nutritiva, es una respuesta apologética: busca proteger la reputación de Cunda y del propio Buda (evitando una lectura causal que implique una “muerte por intoxicación”).
Sūkaramaddava, ha sido interpretado en la literatura moderna como “un plato delicado” o refinado de carne de cerdo. Pero, esta lectura podría ser una reinterpretación alejada del sentido original.
Sūkaramaddava: ni carne tierna ni setas
El significado del término pali sūkaramaddava (sánscrito: sūkaramārdava), tradicionalmente, se ha traducido como “carne de cerdo tierna”, una interpretación directa basada en la etimología más superficial: sūkara significa “cerdo”, y maddava se suele traducir como “tierno” o “blando”.
La ambigüedad, y el hecho de que lingüísticamente la palabra para “carne de cerdo” (Sūkara maṃsa) era un término diferente, llevó a dos escuelas de interpretación. La primera pensaba que el término se refería a carne de cerdo tierna. Los primeros comentaristas del Canon Pali suscribían esta opinión.
Para la segunda escuela, sukara-maddava significaba el alimento blando que prefieren los cerdos, es decir, hongos, trufas, ñames o tubérculos. Esta suposición fue sostenida principalmente por los budistas Mahāyāna, el grupo dominante en Asia hoy en día. Ellos habían establecido una dieta vegetariana para sus seguidores en el siglo III e.c. y no creían que su fundador no la hubiera mantenido. De hecho, las reglas monásticas tempranas no prohibían la carne y las escrituras pali mencionan que el Buda comía carne en ocasiones.
Análisis lingüístico del término maddava
Una observación rara vez destacada en este debate es el uso de la palabra maddava en otro contexto canónico: el verso 377 del Dhammapada. Allí, el término aparece en una metáfora botánica:
Texto original en Pali (con variantes anotadas):
Pañcasatabhikkhuvatthu
Vassikā viya pupphāni, maddavāni pamuñcati;
(Variante: maddavāni → majjavāni (mr ṭīkā); paccavāni (mr aṭṭha.))
Evaṁ rāgañca dosañca, vippamuñcetha bhikkhavo.
Traducción literal al español:
“Así como las flores del jazmín
deja caer sus flores marchitas,
así también, monjes,
deben desprenderse del deseo y del odio.”
En este contexto, maddava no denota simplemente “ternura” sino una blandura asociada a la madurez excesiva, a la descomposición orgánica.
La traducción más coherente aquí es: “flores delicadas”, o más precisamente: “flores suaves/marchitas”.
Las flores se ablandan y caen no por estar frescas, sino por estar en un estado avanzado de deterioro.
Esta interpretación más precisa del término pone en entredicho la lectura moderna y culinaria de sūkaramaddava como un plato de carne “cuidadosamente preparado”.
El análisis contextual del vocablo maddava sugiere un matiz más complejo: no se trata simplemente de carne o vegetal, sino de una cualidad de deterioro orgánico que podría explicar tanto la reacción fisiológica del Buda como su advertencia de que ningún otro sería capaz de digerir ese alimento sin consecuencias.
El enterramiento del sūkaramaddava
En la cultura védica y post-védica —vigente en la época del Buda— enterrar o cubrir con tierra aquello que ya no debía usarse era un acto de “neutralización” de lo impuro o dañino. Lo que no era apto para el consumo humano se devolvía simbólicamente a la tierra (pṛthvī), de donde todo proviene.
19. Después, el Bienaventurado dijo a Cunda:
«Lo que haya quedado del sukara-maddava, entiérralo en un hoyo, Cunda. Porque no veo en todo este mundo —con sus dioses, Maras y Brahmas, entre los ascetas y brahmanes, dioses y hombres— a nadie que pueda comerlo y digerirlo completamente, excepto el Tathagata mismo».
Y Cunda el herrero respondió al Bienaventurado:
«Así sea, Señor».
Y lo que quedó del sukara-maddava, lo enterró en un hoyo.
Si el sūkaramaddava era un manjar raro y costoso, pero también difícil de conservar o digerir, es comprensible que el Buda considerara prudente que nadie más lo tocara.
Dado el clima de la región, dejar la comida expuesta podía hacer que se descompusiera rápidamente, generando malos olores y atrayendo perros u otros animales. Enterrarla era el método más seguro para deshacerse de ella. El propio Buda pidió que nadie más consumiera aquel alimento, lo que sugiere que él mismo intuía que podía ser perjudicial para otros.
Prácticas culinarias y conservación de la carne
En la India del norte durante los siglos V o IV a.e.c., la carne era considerada principalmente un medio para expresar hospitalidad hacia los huéspedes o como ofrenda a dioses y ancestros.
Los textos budistas hacen múltiples referencias al consumo de carne, mencionando que animales como venado, cerdo y pollo eran comunes, aunque también se consumían ovejas, cabras y búfalos. La preparación culinaria incluía asar la carne en brochetas, cocinarla en sopas, combinarla con especias, ghee y yogur para elaborar currys, o freírla en aceite y sazonarla con sal y pimienta.
Era común acompañar la carne con arroz o cebada, legumbres cocidas, verduras y raíces disponibles, y especias tempranas como jengibre, cúrcuma, pimienta larga, ajo y mostaza. Estas carnes eran hervidas con especias y grasas, o asadas, y se servían con salsas hechas de mantequilla clarificada (ghee) o aceite de sésamo.
Dado el contexto histórico del norte de la India del siglo en el siglo V o IV a.e.c, es plausible que haya sido carne de jabalí, especialmente en zonas rurales y boscosas donde su caza era una práctica común.
Históricamente, era habitual dejar reposar la carne de caza durante varios días para que se “ablandara” mediante un inicio de descomposición antes de ser cocinada. Esta práctica no solo favorecía una textura más tierna —porque las enzimas musculares rompen las fibras con los días—, sino también sabores más intensos: un poco dulzón, algo ferroso, profundo, con notas ligeramente ácidas debido al inicio de fermentación bacteriana.
Aunque esto conllevaba riesgos sanitarios, para un paladar de la época, acostumbrado a fermentados, encurtidos y especias fuertes, ese sabor intenso no era necesariamente visto como malo; al contrario, podía percibirse como una delicadeza.
Esta forma de conservación, basada en el reposo y la fermentación natural de la carne, era usual incluso en climas cálidos, aunque más plausible en regiones frescas. Hay referencias en la India antigua a carnes “colgadas” para volverlas más tiernas.
¿Carne “tierna” o carne corrompida?
Este contexto histórico y culinario ayuda a comprender mejor el significado del término Sūkaramaddava, mencionado en los textos budistas. Este no se refiere a una receta refinada, sino a carne de cerdo (doméstico o salvaje) que había sido “puesta” o “dejada reposar” —es decir, carne que había comenzado a madurar (o incluso corromperse ligeramente) para ablandarse.
En consecuencia, una traducción más precisa del término sería “cerdo en estado de descomposición” o “cerdo en proceso de putrefacción”. Esto es coherente con la lectura más común del término en el budismo Theravāda, predominante en Tailandia.
Es probable que Buda no consumiera carne fresca, ya que era habitual que las personas ofrecieran a los monjes alimentos sobrantes o carne ya preparada, en lugar de carne recién sacrificada específicamente para ellos. De este modo, el contexto social garantizaba que la carne consumida no fuera fresca en el sentido prohibido por las reglas monásticas.
Un pasaje relevante del canon budista refuerza esta interpretación:
«Monjes, yo les permito el pescado y la carne que están totalmente puros en tres aspectos: si ellos no son vistos, oídos o sospechados de haber sido matados a propósito para un monje. Pero, ustedes sabiéndolo no deberían usar la carne a propósito para ustedes». (Libro de Disciplina, Vol. 4, p325).
Esta regla sugiere que la carne consumida por los monjes no era fresca y que una forma común de conservación era precisamente la fermentación.

Este contexto se ve reflejado en el caso específico de Cunda, quien ofreció a Buda carne conocida como Sūkaramaddava. El Mahāparinibbāna Sutta relata que Cunda comenzó a preparar la comida al amanecer. Esto indica que la carne ya estaba en su poder el día anterior, por lo que no podía ser carne fresca.
En aquella época, la diferencia entre cerdos salvajes y domesticados no era muy marcada, y la carne que se consumía habría sido considerablemente más dura que la del cerdo moderno. Por ello, es plausible que Cunda haya servido carne “madurada” de varios días, buscando calidad gastronómica, dejándola reposar un tiempo antes de cocinarla.
Esta interpretación también aparece representada en la pintura de Cunda preparando cerdo para Buda, en Wat Kasatrathirat, Ayutthaya, un templo en Tailandia.
Así, la interpretación de sūkaramaddava como “cerdo tierno” puede tener una dimensión más específica y siniestra: carne de cerdo “madura” o semi-descompuesta, consumida en una época sin conocimientos microbiológicos ni métodos seguros de conservación, dicha carne podía volverse un vehículo ideal para bacterias como Clostridium perfringens.
Estudios modernos sobre bacterias en carne de jabalí confirman que este tipo de manipulación incrementa significativamente la proliferación de patógenos peligrosos, lo que podría explicar los síntomas graves que sufrió el Buda después de la ingesta.
Por ejemplo, en un estudio realizado en 2016 en la provincia de Xinjiang, China, se identificaron e aislaron cepas de Clostridium perfringens tipo A y tipo C en jabalíes salvajes muertos. Este patógeno, una bacteria anaerobia formadora de esporas, es capaz de causar gangrena gaseosa y diversas formas de enteritis tanto en humanos como en otros mamíferos.
La investigación concluyó que los jabalíes examinados habían muerto como resultado directo de una intoxicación causada por Clostridium perfringens, lo que refuerza la idea de que estos animales pueden actuar como reservorios de agentes zoonóticos con un alto potencial patógeno.
Este hallazgo moderno cobra una relevancia particular cuando se examina a la luz del contexto histórico del norte de la India en los siglos V o IV a.e.c., especialmente en relación con la figura de Buda y el controvertido episodio de su última comida, preparada por Cunda.
Al considerar la muerte de Buda desde una óptica histórico-microbiológica, no es descabellado suponer que la carne ofrecida —potencialmente de jabalí y en un estado avanzado de “maduración”— pudo haber estado contaminada con Clostridium perfringens tipo C, el mismo agente etiológico del pig-bel.
Esta hipótesis no solo conecta las prácticas culinarias antiguas con enfermedades hoy reconocidas, sino que también proporciona un contexto más profundo y científico a uno de los eventos más enigmáticos de la tradición budista.
Historia, religión y ciencia
Quizás lo más fiel al espíritu del Buda no sea preguntarse qué comió, sino cómo vivió, con qué intención actuó y qué buscaba al enseñar. La ética budista se fundamenta en la intención, no en el dogma ni en la ortodoxia.
La insistencia contemporánea en identificar el sūkaramaddava como un tipo específico de carne o vegetal —ya sea por motivos doctrinales, dietéticos o ideológicos— a menudo ignora una lectura más profunda del lenguaje, los simbolismos y las prácticas alimentarias de la India antigua.
No tiene sentido afirmar con certeza que el Buda murió por haber comido “hongos venenosos” o “carne de cerdo refinada”. Lo más probable es que haya muerto por ingerir algo común en su época, como cualquier otro ser humano de su tiempo.
El Buda comió lo que había, en el mundo que le tocó vivir, con los medios que tenía a mano.
En lugar de usar la figura del Buda como escudo para justificar nuestras elecciones modernas, podríamos usar sus enseñanzas como espejo para comprender cómo se vivía, se comía y se enfermaba en un mundo radicalmente distinto al nuestro.
Las religiones, al fin y al cabo, fueron creadas por seres humanos en contextos históricos específicos, marcados por estructuras de poder, desigualdades y conceptos morales muy distintos a los actuales. Sostener sus principios sin crítica, como si fueran respuestas eternas, revela más nuestra dificultad para mirar el pasado con ojos modernos que la verdad sobre ese pasado.
Más allá del plato: la construcción del sentido
Aquello que hoy interpretamos como una “receta exótica” pudo haber sido, sencillamente, un alimento rústico, conservado con técnicas precarias, que eran habituales en muchas culturas antes del desarrollo del conocimiento microbiológico.
Si el mismo Buda interpretó su última comida como un acto de generosidad por parte de Cunda —y no como la causa de su muerte—, y si antes de fallecer lo eximió explícitamente de toda culpa, ¿qué sentido tiene que hoy los budistas sigan debatiendo obsesivamente sobre si comió carne o no?
Esta fijación revela una contradicción profunda: se instrumentaliza la muerte del Buda para validar normas dietéticas, doctrinas rígidas y sistemas morales que poco tienen que ver con su enseñanza original.
En lugar de liberar a las personas, utilizan estos relatos para encerrar a los practicantes en estructuras dogmáticas que promueven la culpa, la pureza ritual y la obediencia, alejándolos del espíritu real del Dharma: el cultivo de la sabiduría, la compasión y la libertad interior.
Sería más coherente abandonar la obsesión por lo que comió el Buda y comenzar a practicar su mensaje esencial de comprensión, desapego y liberación. Perdonarse mutuamente, aceptar que cada camino es distinto, y dejar de convertir la “iluminación” en una carrera moralista.



