Los budistas no comen carne: Falso (Parte 2)

En la primera parte de este post vimos que la postura del Buda respecto a la alimentación fue una solución de compromiso: una respuesta práctica ante las condiciones materiales y sociales de su tiempo. Aprobaba el consumo de carne bajo ciertas condiciones, e incluso, según las crónicas tradicionales, él mismo la consumía.

En aquella época, lo esencial para una vida recta no era tanto el alimento en sí, sino la intención detrás de cada acción y la capacidad de actuar sin deseo ni apego.

Sin embargo, tras la muerte del Buda y a medida que el budismo se expandió y la comunidad monástica creció, surgió la necesidad de establecer un código de conducta más detallado, incluyendo normas claras sobre la alimentación y el “comer correcto”, con el fin de preservar la disciplina y la armonía dentro de la orden.

Carnes permitidas y prohibidas

El Vinaya Pitaka, el texto normativo que regula la disciplina monástica en el budismo, establece con precisión los tipos de alimentos que los monjes pueden o no consumir, en especial en lo que respecta a la carne.

De acuerdo con esta fuente, ciertos tipos de carne están expresamente prohibidos debido a consideraciones éticas, sociales o prácticas.

Los siguientes tipos de carne están categóricamente prohibidos para los monjes budistas:

  • Carne humana
  • Carne de elefantes
  • Carne de caballos
  • Carne de perros
  • Carne de serpientes
  • Carne de leones
  • Carne de tigres
  • Carne de leopardos
  • Carne de osos
  • Carne de hienas (panteras)

Esta prohibición responde, en primer lugar, a la consideración de ciertos animales como demasiado nobles para ser utilizados como alimento, específicamente los humanos, caballos y elefantes.

Por otro lado, algunas carnes están vetadas debido a que su consumo resultaba repulsivo o socialmente inaceptable.

Por ejemplo, la ingesta de carne de perro provocaba rechazo y controversia entre la población, manifestándose en críticas hacia los monjes que la consumían:

“¿Cómo pueden estos contemplativos sakyas comer carne de perro? Los perros son repulsivos, asquerosos”.

Asimismo, la prohibición incluía animales que, además de ser socialmente rechazados, representaban un peligro para quienes los consumían.

Por ejemplo, cuando los monjes oliendo a carne de león, entraban en la jungla, los leones se ofendían y podían atacarlos, lo que justifica la prohibición práctica de su consumo.  

En términos jurídicos monásticos, el consumo de carne humana se considera una falta grave conocida como thullaccaya, mientras que la ingestión de cualquiera de los otros tipos de carne prohibida implica una infracción menor denominada dukkata (Mahāvagga VI.23.9–15).

Además, el Vinaya estipula que, si un monje no está seguro de la procedencia o tipo de carne que se le ofrece, incurre en dukkata si no indaga sobre su identidad preguntando al donante (Mahāvagga VI.23.9).

Respecto a la preparación de los alimentos, el pescado y la carne, incluso cuando provienen de especies permitidas, no pueden consumirse en estado crudo. Por tanto, platos como el steak tartare, el sashimi o las ostras crudas están prohibidos para los monjes.

Cabe destacar que el Vinaya contempla una excepción en el caso de situaciones extremas, como “cuando un monje está poseído por seres no humanos”, permitiéndose el consumo de carne y sangre crudas bajo estas circunstancias específicas (Mahāvagga VI.10.2).

Finalmente, aunque la carne o el pescado cocidos sean de tipos permitidos, tampoco pueden ser consumidos si el monje sabe, escucha o sospecha que el animal fue sacrificado deliberadamente con el propósito de alimentar a la comunidad monástica. Esta regla busca evitar la complicidad directa en el acto de matar seres vivos para su consumo (Mahāvagga VI.31.14).

El budismo post-concilios

En el Atthirāgasutta, el Buda enseñó que la pasión, el deleite y el deseo por el alimento, tanto físico como mental, alimentan el ciclo de las formaciones condicionadas, el devenir y el renacimiento.

Poco después de su muerte se celebró el Primer Concilio Budista en Rājagaha, con el fin de preservar sus enseñanzas oralmente. Cien años después de la muerte del Buda, en el Segundo Concilio el budismo comenzó a fragmentarse en escuelas distintas, y esta fragmentación se intensificó con el paso del tiempo.

El budismo Mahāyāna comenzó a surgir aproximadamente entre 400 y 500 años después de la muerte del Buda, desarrollando nuevas ideas éticas y filosóficas, más universalistas y radicales. Con el tiempo, sí se diferenció más claramente, especialmente en contraste con el budismo Theravāda, que preserva las enseñanzas más antiguas (Canon Pāli).

Las escuelas que fueron surgiendo después de cada Concilio produjeron nuevos sutras atribuidos al Buda, pero que en realidad fueron compuestos siglos después, con una visión doctrinal más evolucionada (y a veces más estricta). Para darles autoridad, se presentaban como “discursos del Buda”, aunque históricamente no lo sean.

Algunos sutras posteriores, como el Laṅkāvatāra Sūtra y el Mahāparinirvāṇa Sūtra, prohíben completamente el consumo de carne, en nombre de la compasión y la no violencia (ahimsa). Estos sutras dicen que el Buda prohibió comer carne como parte del camino hacia la Budeidad.

En el Laṅkāvatāra Sūtra, el Buda aconseja a aquellos que han alcanzado niveles más elevados de iluminación que se abstengan por completo de comer carne. Da varias razones para hacer esto.

  • En primer lugar, en el budismo los seres vivos son reencarnaciones, por lo que consumir cualquier ser vivo sería como consumir a un ser querido o a otra persona.
  • En segundo lugar, comer carne hace que otros seres experimenten miedo. Si se sabe que una persona consume cerdos, los otros cerdos se asustarán cuando vean venir a esa persona.
  • Otra razón citada para no comer carne es que consumirla contradeciría las enseñanzas del Buda y causaría dudas entre los espectadores.
  • El Buda también cita el mal olor de la carne cruda y de la carne cocida como una razón para abstenerse de comer carne de animales.
  • Continúa hablando de la inquietud mental y los malos sueños que experimentan quienes comen carne como otra razón para abstenerse.

Budistas carnívoros, vegetarianos y veganos

El consumo de carne dentro del budismo varía considerablemente según la tradición o escuela a la que se pertenezca, siendo esta diferencia más relevante que cualquier consideración moral universal sobre el tema.

Cuando el budismo llegó a China, las condiciones socioculturales llevaron a un abandono gradual de la práctica tradicional de la mendicidad monástica. Los monasterios pasaron a ser autosuficientes, y los monjes tuvieron que procurarse su propia alimentación, lo que favoreció la adopción de una dieta vegetariana.

En este contexto, las escuelas Mahayana cuestionaron la actitud más permisiva del budismo temprano respecto al consumo de carne, argumentando que dicha práctica era “incompatible con los principios fundamentales de compasión, no violencia y respeto por la vida”.

Para los budistas Mahayana, un bodhisattva, cuyo ideal es tratar a todos los seres con la misma consideración que a sí mismo, no podía aceptar consumir carne proveniente de un ser vivo o que hubiese estado vivo recientemente.

Se promovió la idea de que los seres humanos debían sentir una profunda afinidad con todos los seres sintientes, como si fueran miembros de su propia familia, lo que justificaba la abstinencia total de carne.

Esta postura se refleja en textos como el Sutra del Lankavatara, que criticó abiertamente los hábitos carnívoros asociados con la escuela Theravāda y concluyó con una prohibición incondicional del consumo de carne:

“Todo consumo de carne, en cualquier forma, manera o circunstancia, está prohibido de forma incondicional y de una vez por todas.”

Este cambio doctrinal es coherente con un mayor énfasis en el respeto por todas las formas de vida y destaca la naturaleza circunstancial de la permisividad original respecto a la carne.

En la práctica laica, especialmente en países como China y Corea, es común evitar el consumo de carne durante fechas señaladas o en períodos dedicados a una práctica espiritual más intensa, como parte de la observancia religiosa.

Por otro lado, en el Sudeste Asiático, donde predomina la tradición Theravāda, se mantiene el código de conducta original, y los monjes continúan practicando la mendicidad para recibir sus alimentos, principalmente a través de ofrendas de los fieles. Esta modalidad refleja el ideal budista de desapego, en el que el monje renuncia a toda posesión propia y vive exclusivamente de lo que le es ofrecido.

En contraste, aunque el Mahayana ha promovido históricamente el vegetarianismo, en regiones como el Tíbet esta práctica se aplica con menor rigor.

En el budismo Vajrayana tampoco existe una prohibición explícita del consumo de carne, y su consumo es común.

En una entrevista de 2015 a Nicholas Kristof, el Dalai Lama admitió que “come carne dos veces por semana y es vegetariano el resto de la semana”. Aunque, en referencia a sus seguidores budistas, “él creía que el vegetarianismo era preferible.”

Esta realidad suele sorprender a muchos budistas occidentales, quienes desconocen la cantidad de carne que consumen los monjes tibetanos, atribuida a factores culturales, condiciones geográficas adversas y, según algunas críticas, también a hábitos profundamente arraigados e incluso a ciertas formas de “apego”.

Así, dentro del budismo coexisten posturas divergentes respecto al consumo de carne. No obstante, la permisividad para consumirla no debe interpretarse como una autorización para causar daño o matar animales.

Los monjes de las escuelas que permiten la carne sólo aceptan aquella que se les ofrece, sin desearla ni consumirla con indulgencia. El consumo de carne, en estos casos, se concibiría como una expresión de indiferencia, una práctica para superar los deseos, preferencias y aversiones.

Su propósito último es cultivar la ecuanimidad y vencer tanto la atracción como la repulsión, manteniendo el cuerpo vivo únicamente para continuar el camino espiritual, sin sucumbir a la búsqueda de placer.

La ilusión de la pureza ética

La Primera Noble Verdad del budismo establece la inevitabilidad del dukkha; en otras palabras, la ausencia total de sufrimiento o insatisfacción es inalcanzable.

El dukkha cero no existe. Por ello, resulta fundamental que quienes adoptan un estilo de vida vegano o vegetariano eviten caer en la ilusión de que su elección es completamente inocua o moralmente perfecta.

En múltiples pasajes, el Buda advierte contra el orgullo excesivo en las propias acciones virtuosas, especialmente cuando este se traduce en la desvalorización o menosprecio hacia los demás. Así, aunque uno no contribuya directamente al sacrificio de animales, puede estar involucrado en otras industrias con problemáticas éticas, que sostiene con sus hábitos de consumo.

Por ejemplo:

  • La industria tecnológica está ligada a la explotación en las minas de cobalto en África, necesarias para fabricar muchos dispositivos como el iPhone.
  • La producción de ciertos alimentos, como el aguacate, genera escasez de agua en regiones como Chile.
  • La producción de automóviles eléctricos, como Tesla, se asocia con prácticas controvertidas de extracción y fracturamiento hidráulico (‘fracking’) en países como Argentina.
  • La industria del chocolate, popular en todo el mundo, está vinculada a la explotación laboral infantil en fincas de África.
  • Por otro lado, la industria de la moda rápida se basa en la explotación laboral en talleres clandestinos y condiciones laborales peligrosas, como ocurrió en la tragedia de Rana Plaza en Bangladesh.
  • En el sector financiero, muchas personas apoyan prácticas cuestionables, como la inversión en armas, petróleo o préstamos predatorios, que perpetúan desigualdades y daños sociales.

Reconocer estas conexiones invita a una reflexión profunda sobre la coherencia entre nuestras acciones y el principio budista de compasión.

El camino medio

Las mentalidades rígidas de “blanco o negro” y las preocupaciones egocéntricas acerca de la coherencia personal a menudo funcionan como excusas para evitar enfrentar la complejidad y ambigüedad del “gris”.

Frases como “ya está hecho el daño” pueden usarse para justificar la inacción o la falta de esfuerzo.

Aunque los términos “vegetariano” o “vegano” puedan parecer categorías bien definidas y delimitadas, lo que verdaderamente importa en un sentido ético no es tanto la pertenencia a una etiqueta, sino la calidad de cada acción individual.

Nuestro vecino, aunque consuma alimentos como entrecots poco cocidos, podría ser una persona de gran calidez y generosidad. En este sentido debemos examinar con atención tanto nuestras acciones como nuestras motivaciones internas, entendiendo que cada individuo tiene un camino propio que recorrer.

En definitiva, el camino medio invita a cultivar la moderación, la reflexión y la compasión, reconociendo la complejidad inherente a nuestras decisiones éticas y evitando tanto el extremo del apego rígido como el de la indiferencia absoluta.

Para quienes no desean o no se sienten capaces de abandonar por completo los productos animales, existen numerosas maneras de reducir su consumo. Esta actitud representa un avance significativo en el camino hacia una mayor conciencia ética y compasión.

¿Es esto una mejora? Sin duda. Y, sobre todo, cualquier paso es mejor que la inacción.

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