Todas las cosas tienen Conciencia
Desde el punto de vista esotérico sí, todas las cosas tienen conciencia en un grado variable. La conciencia no es exclusiva de seres humanos o animales, sino que se encuentra en todos los niveles de la realidad, desde las partículas subatómicas hasta el universo en su totalidad.
Por supuesto, el ser humano está en un nivel más alto de conciencia, pero eso no significa que las piedras no estén viviendo su propia vida – sólo que su existencia transcurre en otra dimensión de tiempo, muy lenta comparada con la vida humana. Desde nuestro punto de vista, parecen inertes, pero en realidad las piedras están cambiando, moviéndose, viviendo a su propio ritmo, casi imperceptible para nosotros.
A su vez, cada uno de estos elementos posee una fracción de conciencia e intenta, a su modo, controlar su realidad. Cuanto más alto es el nivel de conciencia, mayores son las oportunidades de ejercer control.
Tomemos las plantas como ejemplo. Las plantas pueden parecer comunes, pero también encierran un profundo misterio. Nadie niega que están vivas, aunque no muchas personas las consideran “vivas” en el pleno sentido de la palabra.
Desde el punto de vista de la ciencia las plantas no son solo aparatos robóticos que responden a estímulos. Son organismos vivos con sus propios problemas. Toman información de su entorno y producen sus propios anestésicos, como el mentol, el etanol y la cocaína, de manera similar a como los humanos liberan sustancias químicas que adormecen el dolor durante un traumatismo.
Se ha demostrado que las plantas reaccionan al entorno de formas complejas (luz, gravedad, temperatura, tacto, químicos). Poseen mecanismos de comunicación mediante señales eléctricas, químicas y hormonales (por ejemplo, pueden alertar a otras plantas ante una plaga).
Algunas de las respuestas de las plantas son tan sofisticadas que imitan funciones cognitivas, como el aprendizaje o la memoria a corto plazo, todo esto sin tener “un cerebro”. Incluso tienen su propio tipo de “sistema nervioso”: sus células intercambian potenciales eléctricos. Sin embargo, a pesar de estos estudios, muchos señalan que no existe evidencia científica concluyente de que las plantas tengan conciencia en el sentido humano. Como consecuencia, muchos ven a las plantas como simples materiales biológicos, incapaces de sentir o ser conscientes de sí mismas o de los demás.
¿Las Plantas tienen conciencia?
Muchas tradiciones indígenas y espirituales consideran que las plantas tienen alma o espíritu, y por tanto, conciencia. Para ellos, estos seres pueden ver, oír, sentir cuando son tocados, así como gustar y oler. Más aún, pueden comunicarse entre sí, recordar, analizar e incluso preocuparse.
Un investigador estadounidense Cleve Backster llevó a cabo un experimento singular: conectó un polígrafo a una planta. En el experimento participaron dos personas.

Una de ellas maltrataba la planta con regularidad, rompiendo sus ramas y arrancando sus hojas; la otra la cuidaba con esmero y le hablaba con dulzura. Al poco tiempo, la planta comenzó a distinguir entre ambas.
Cada vez que la persona “agresiva” entraba en la habitación, el polígrafo registraba un pico, como si la planta “gritara” de alarma. En cambio, cuando entraba la persona que la trataba con afecto, la planta mostraba una respuesta calmada.
Backster concluyó que las plantas podían detectar no solo cambios en el entorno, sino también vibraciones electromagnéticas e incluso pensamientos. Según sus observaciones, bastaba con que alguien pensara en dañar una hoja para que la planta reaccionara de forma intensa.
Otros científicos han intentado replicar sus resultados, con diversos grados de éxito. En uno de estos laboratorios, una planta mostró signos de lo que solo puede describirse como afecto.
Un asistente encargado de registrar sus respuestas eléctricas notó cómo la planta reaccionaba positivamente a su presencia: “ronroneaba” cuando la rociaba con agua y le hablaba con suavidad. Cuando él entraba en la sala, el aparato registraba señales de alegría; sin embargo, no respondía así a otras personas. Aún más sorprendente fue la reacción de la planta cuando este asistente comenzó a relacionarse afectivamente con otra persona: la planta pareció deprimirse. Imagina la sorpresa del investigador cuando la planta empezó a exhibir ¡señales de celos!
Pero las implicaciones no se detienen ahí. Investigaciones como las del científico ruso Dr. Peter Gariaev, realizadas en los años 80 en el Instituto de Física Aplicada de la Academia de Ciencias de la URSS, observaron fenómenos aún más desconcertantes.
Gariaev estudió la emisión electromagnética del ADN, descubriendo que las moléculas, al ser colocadas en un espectrómetro, no solo emitían información sobre su estructura, sino también sobre su estado “emocional”, y esta es la parte sorprendente, sobre ‘cómo se sienten’.
Cuando las moléculas se sienten cómodas, la emisión es tranquila. Si se elevaba la temperatura, las moléculas comenzaban a emitir señales erráticas, como si “gritaran”. Cuando la temperatura alcanza un cierto punto, las moléculas de ADN se destruyen y mueren. Lo más insólito es que, incluso tras destruir el ADN, el espectrómetro seguía registrando señales —una especie de “eco fantasma” que persistía durante más de cuarenta días.
A pesar de lo fascinantes que resultan estos hallazgos, la ciencia oficial los recibe con escepticismo. No es difícil entender por qué: su interpretación desafía los límites del paradigma materialista tradicional. Sin embargo, no deja de ser provocador imaginar que las plantas y otros seres sin voz ni voluntad aparente puedan sentir, recordar y hasta amar.
Minimizar el sufrimiento consciente
Las plantas no pueden gritar al máximo de su voz y son incapaces de hablarte sobre sus derechos, sentimientos y preocupaciones. Pero ellas también pueden sufrir y sentir alegría. Sólo que las plantas, en comparación con los humanos, están en un sueño profundo. Son como alguien que está dormido, que sonríe cuando oye una voz agradable a través de su sueño, y se enfurruña cuando oye un grito hostil.
Esos maravillosos soñadores hacen nuestro mundo más bello y nos proveen de todo desde una taza de bebida medicinal a una fresca sombra en una calurosa tarde. Y encima de eso, no nos molestan y no se quejan.
Las plantas son capaces, aún vagamente, de sentir todas las cosas que nosotros sentimos. Ellas nos aman si nosotros cuidamos de ellas, y procuran agradecernos con su fruto. Pero el sentimiento que experimentan cuando las herimos es demasiado embarazoso de imaginar.
El veganismo por ejemplo, se basa en minimizar el sufrimiento consciente, no simplemente en evitar matar seres vivos. Podríamos creer que no sienten dolor, pero hay estudios que demuestran que sufren alteraciones ante los estímulos externos. ¿Qué siente un árbol cuando un ser humano, más evolucionado pero a veces menos sensible, le rompe una rama sin motivo? ¿Siente miedo, dolor, desasosiego? ¿Qué siente cuando alguien se acerca con un hacha? Quizás nunca lo sepamos.
Tal vez podamos consolarnos pensando que su sueño es lo suficientemente profundo para que no sientan un sufrimiento tan agudo como los seres que están un paso de conciencia por encima de ellas.
Este es un mundo cruel, y así es como funciona: una vida existe a expensas de otra vida. Pero eso no justifica tratarlas como simples objetos biológicos. El hecho de que no puedan defenderse no nos otorga licencia para ignorar su existencia.
Todos tenemos los mismos derechos
En muchas culturas tradicionales, todavía se pide perdón antes de cortar un árbol o cazar un animal. En el budismo, los monjes evitan pisar insectos, y caminan con cuidado para no pisotear la hierba en vano, si hay un camino cerca. Ese respeto nace de una comprensión profunda: todas las formas de vida merecen dignidad.
En este mundo, todos tenemos los mismos derechos. Y si el ser humano no reconoce eso, ¿qué valor moral tiene su conciencia superior?
En realidad, el ser humano está solo relativamente despierto. Vivimos rodeados de un mundo sorprendente, habitado por seres dormidos, cada uno inmerso en su propio sueño, cada uno luchando, a su manera, por existir.
El mundo es como un teatro onírico: todos jugamos a la vez los papeles de espectador, actor, director y guionista. Como espectadores, observamos la obra de la vida. Como actores, sentimos cada emoción de los personajes que interpretamos.
Según el nivel de conciencia, la vida puede ser un sueño inconsciente —donde el soñador está a merced de las circunstancias— o un sueño consciente, en el que podemos ejercer control con la fuerza de la intención. Cada uno tiene la libertad de elegir, aunque casi nadie la ejerce. Y en este sentido, el ser humano quizá no ha avanzado mucho más que los animales.



