Sadhguru y las religiones “Made in India”

La verdad, con frecuencia, se oculta a plena vista. Para poder percibirla, es necesario que tú y yo dejemos de lado nuestras creencias preconcebidas y fanatismos.

Sadhguru, al igual que muchos hombres “profundamente espirituales y temerosos de lo divino”, actúa con inteligencia y diplomacia: busca honrar al Dios correcto, pero sin ofender a los dioses equivocados.

Esta visión se manifiesta claramente en el Sarva Dharma Sthamba, un pilar de granito blanco de más de cinco metros de altura situado a la entrada del Dhyanalinga, en el Isha Yoga Center.

Este monolito, tallado con los símbolos de las principales religiones del mundo, representa una invitación universal a todas las personas, sin distinción de credo, y simboliza un sendero espiritual que trasciende las divisiones religiosas.

De esta forma, el visitante —independientemente de su trasfondo espiritual— se siente profundamente honrado e impactado en su subconsciente, antes de entrar en contacto con el símbolo consagrado energéticamente por Sadhguru: el Linga.

Juntos, pero no revueltos

El Linga, tradicionalmente de forma ovalada o fálica, representa a Shiva, el dios hindú asociado tanto con la creación como con la destrucción del universo.

Aunque su forma ha sido comúnmente relacionada con un símbolo fálico, en la tradición shivaíta es, ante todo, un símbolo cósmico. Encierra la idea de la fuerza primordial, y representa la naturaleza eterna, sin principio ni fin, del absoluto trascendente.

Sadhguru, consciente de la necesidad de adaptar este antiguo símbolo a los tiempos modernos y hacerlo accesible a un público global, lo presenta bajo una nueva denominación: Dhyanalinga —una combinación de las palabras “dhyana” (meditación) y “linga”—. Esta estrategia de resignificación se observa también en su reinterpretación del dios Shiva, a quien él denomina Adiyogui, “el primer yogui”, alrededor del cual ha construido una narrativa rica en simbolismo y mitología, ya sea histórica, fantástica o espiritual.

Sadhguru no es un religioso en el sentido institucional del término, ni tampoco un secularista superficial como aquellos que abundan en redes sociales. En realidad, encarna lo que muchos podrían considerar un verdadero laico: alguien que busca el bienestar humano más allá de los dogmas y los sistemas de creencias establecidos.

El Templo Dhyanalinga se presenta como un espacio meditativo único que supuestamente no está vinculado a ninguna religión en particular, y no exige rituales, plegarias ni actos de adoración.

En su interior, “las energías intensas pero sutiles del linga, permiten al visitante experimentar estados profundos de paz y silencio, revelando la esencia misma de la vida.”

A través del Sarva Dharma Sthamba, adornado con símbolos del hinduismo, islam, cristianismo, jainismo, taoísmo, zoroastrismo, budismo y sintoísmo, el Dhyanalinga funciona como una auténtica iconografía de la unidad espiritual.

Esta estructura monumental transmite un mensaje universal de acogida y representa una rara oportunidad para que la humanidad avance colectivamente hacia una condición de paz, prosperidad y bienestar, más allá de las divisiones religiosas.

Desde esta perspectiva, no sería descabellado considerar a Sadhguru como un posible “presidente espiritual” de una religión global, si tal cosa pudiera concebirse.

En reiteradas ocasiones ha afirmado que no profesa ninguna religión específica; su única religión, dice, es el bienestar humano (tanto suyo como el nuestro).

Su estilo de vida, sus métodos y sus enseñanzas basadas en la práctica del yoga podrían, de hecho, conformar una nueva forma de religiosidad, no institucional sino experiencial, centrada en la transformación interna y la expansión de la conciencia.

En la variedad está el gusto

Desde tiempos remotos, la espiritualidad en el subcontinente indio se ha caracterizado por su diversidad, sincrética y en constante evolución. Se han hallado sellos arqueológicos —como los de la civilización del Valle del Indo— que muestran figuras en posturas meditativas (proto-yoga), lo que sugiere la existencia de prácticas espirituales tempranas conectadas con estados de conciencia y rituales chamánicos.

Aunque en esa etapa no se puede hablar aún de “hinduismo” como tal, ya se vislumbra un trasfondo espiritual común, basado en prácticas ancestrales y experiencias trascendentes.

Posteriormente, en el noreste del subcontinente, especialmente en la cuenca del Ganges, se desarrollaron diversas tradiciones espirituales que compartían un cuerpo común de prácticas, muchas de ellas influenciadas por los elementos rituales de los Vedas, los textos más antiguos de la tradición india.

Estos textos fundacionales —Rigveda, Yajurveda, Samaveda y Atharvaveda— consisten en himnos, cánticos y poemas dedicados a deidades como Indra (dios del trueno), Agni (fuego), Varuna (lluvia) y Soma (asociado también a la luna y la embriaguez divina). A este período se le denomina vedismo o religión védica.

De este corpus ritual emergió el brahmanismo, un sistema religioso y social que se consolidó durante el período védico tardío.

El culto brahmánico se centraba en sacrificios elaborados realizados por sacerdotes especializados (brahmanes), quienes mediaban entre los dioses y los hombres a través de rituales meticulosamente prescritos.

El nacimiento de la filosofía india

Con el pasar de los siglos comenzó a desarrollarse una reflexión más profunda sobre la naturaleza última de la existencia. De esta inquietud nacieron los Upanishads, textos filosóficos que marcaron el inicio del pensamiento especulativo en India. Estos introducen nociones fundamentales como:

  • Brahman: la realidad absoluta, el principio supremo.
  • Atman: el alma individual, la esencia del ser humano.
  • La unión de Atman y Brahman: como meta espiritual última.

Es en este punto donde comienza a configurarse el núcleo de lo que más tarde se conocería como la filosofía hindú.

Los Vedas eran “recibidos” y recitados por los sacerdotes hindúes en sánscrito, una lengua que la gente no entendía, y diversos pensadores de la época comenzaron a cuestionar dicha práctica y la validez del sistema de creencias.

Diversas escuelas filosóficas se consideran desarrolladas en ese momento (de las cuales la mayoría no perduraron), algunas aceptando y otras rechazando la autoridad de los Vedas.

Las que aceptaban el punto de vista hindú ortodoxo y sus prácticas se conocían como astika (“que existe”) y las que lo rechazaban como nastika (“que no existe”). Tres de las escuelas de pensamiento nastika que se cree que sobrevivieron ese período son el chárvaka, el jainismo y el budismo.

Los retoños del mismo árbol

En paralelo al desarrollo del brahmanismo surgieron movimientos críticos y alternativos. Entre ellos destacan el budismo, fundado por Siddharta Gautama (Buda), nacido en la región fronteriza entre India y Nepal, y el jainismo, impulsado por Mahavira.

Ambos sistemas promovían una vía de liberación basada en la ética personal, el desapego y el conocimiento, en contraste con el ritualismo vedista.

Buda articuló su enseñanza proponiendo un camino de liberación que prescindía de castas, sacerdotes o rituales. Mahavira, por su parte, llevó al extremo el principio de ahimsa (no violencia).

Aunque ambos sistemas rompieron con la autoridad brahmánica, conservaron conceptos como el karma, el samsara (ciclo de reencarnaciones) y la búsqueda de la liberación (moksha). No crearon una cosmovisión nueva, sino que reformularon elementos existentes para construir una propuesta espiritual más inclusiva y radical.

El budismo, tras varios concilios y siglos de evolución, se exportó gracias a algunos hombres indios como Padmasambhava, extendiéndose hacia Asia Central, China, Tíbet y el Sudeste Asiático.

La consolidación ortodoxa

Entre los siglos V a.e.c. y V e.c. se consolidaron las bases del pensamiento ortodoxo hindú, estructurado en seis darshanas o sistemas filosóficos reconocidos:

  1. Nyaya (lógica y epistemología)
  2. Vaisheshika (atomismo y metafísica)
  3. Samkhya (dualismo ontológico)
  4. Yoga (sistematizado por Patañjali)
  5. Mimamsa (interpretación ritual de los Vedas)
  6. Vedanta (la filosofía de los Upanishads, la más influyente)

En el período clásico y medieval, se fue consolidando lo que hoy se denomina hinduismo: una religión plural que integra los Vedas, los Upanishads, las grandes epopeyas (Mahabharata, Ramayana), la devoción a múltiples deidades (como Vishnu, Shiva, Devi) y una rica diversidad de escuelas filosóficas y prácticas rituales.

Con la llegada del islam a partir del siglo XII, y posteriormente con el dominio colonial británico, las religiones de India se vieron obligadas a definirse con mayor precisión. Fue entonces cuando el término hinduismo empezó a utilizarse como etiqueta para referirse a las tradiciones religiosas originadas en los Vedas y sus desarrollos posteriores.

De India para al mundo

En el siglo XX, conceptos como Vedanta y Yoga comenzaron a difundirse en Occidente, donde fueron reinterpretados bajo nuevas claves culturales.

Muchos “maestros modernos” se presentan hoy como figuras espirituales no religiosas, pero su formación y prácticas están profundamente arraigadas en el hinduismo, particularmente dentro de corrientes como el shaivismo (devoción a Shiva) y el yoga tántrico.

Este es el caso de Sadhguru, quien aunque se define como “espiritual, no religioso”, practica y enseña dentro del marco de la tradición hindú. Sus enseñanzas combinan elementos del Yoga Sutra de Patañjali, del Hatha Yoga, del Vedanta y del tantrismo shivaíta, todo dentro de una estética moderna y global.

Aunque se presenta como laico y universal, sus raíces culturales e históricas son inequívocamente hinduistas, enmarcadas en el amplio espectro de las tradiciones védicas.

En este sentido, los gurús contemporáneos —tanto los populares como los que aún no han emergido al escenario global— son, en su esencia, Made in India. Son herederos de una tradición milenaria que, aunque se vista de modernidad y se promueva como “sabiduría universal”, sigue siendo parte del mismo árbol del que brotaron los Vedas, los Upanishads y la devoción a los dioses del hinduismo.

Para gustos, hay colores

Sadhguru afirma no ser un hindú ortodoxo, y sin embargo, participa activamente en prácticas profundamente enraizadas en el hinduismo. Realiza rituales tradicionales, narra historias épicas de la mitología hindú, consagra un templo dedicado a un dios hindú —Shiva—, y celebra anualmente festivales en su honor.

Además, comercializa objetos espirituales como estatuas consagradas, hilos, polvos, y semillas —todo enfocado principalmente a un público hindú devoto.

Menciona con frecuencia a Shiva, lo que sugiere una clara afinidad con el shivaísmo. También habla del tantra, defendiendo que no se trata de una práctica oscura o negativa, aunque muestra cierta reticencia a profundizar en el tema, probablemente porque aún persisten muchos prejuicios culturales y religiosos al respecto. No obstante, su discurso tántrico está presente… para los místicos.

Por otro lado, Sadhguru habla insistentemente del “vacío”, de la meditación, del desapego, de la iluminación y de Buda, un simpatizante, con su lenguaje espiritual cercano, para su público budista.

Se refiere con frecuencia al yoga, aunque el concepto de “vacío” no es propio del vocabulario tradicional de la cultura yóguica. Este término tiene más bien raíces en textos como el Vigyan Bhairav Tantra, popularizados en tiempos recientes por figuras como Osho. Sin embargo, siendo todos de origen indio, es posible que “accedan a las mismas fuentes”.

Lo importante es que Sadhguru habla de yoga… para quienes gustan del bienestar físico y el ejercicio.

También recurre a términos de la física cuántica, habla del universo, de la mente universal y de energía, apuntando claramente a los interesados en la ciencia y la espiritualidad desde una perspectiva contemporánea… para los físicos.

En otros contextos, se pronuncia sobre temas de salud, nutrición, la importancia de la leche materna, e incluso afirma que ciertas prácticas pueden curar enfermedades como el asma. Sin embargo, al igual que todos, acude al médico cuando se enferma. Su discurso como tal puede ser interesante… para los profesionales de la salud.

Habla de ovnis y otras formas de vida… para los ufólogos. Habla de reencarnaciones y relata con detalle sus vidas pasadas… para quienes creen en la transmigración del alma.

Habla de Jesucristo, a quien describe como una “superestrella” espiritual… para los cristianos.

Habla de los indoarios… para los conspirativos. Habla de espiritualidad moderna, sin ataduras religiosas… para los seguidores New Age.

Habla en el Foro Económico Mundial… para los economistas, líderes de negocios y emprendedores como él.

En resumen, Sadhguru parece representar una figura camaleónica, un “todo en todas partes al mismo tiempo”. Su mensaje se adapta según el tiempo, el lugar y, sobre todo, el público.

Su versatilidad discursiva le permite resonar con audiencias muy diversas, desde religiosos tradicionales hasta científicos modernos, pasando por yoguis, escépticos, empresarios, devotos y buscadores espirituales de todo tipo.

Un consejo para quien busca gurú

Quien busca la verdad, a Dios, la iluminación o la liberación, y cree que aún no es “eso”, fácilmente se sentirá atraído por gurús dispuestos a venderle cursos, rituales y objetos espirituales.

Cualquier viejo gurú podrá ofrecer un método para descubrirlo. Y quizá ni siquiera esté mal que lo haga, porque:

«Un loco que persevera en su locura se vuelve sabio»,

y un buen gurú es precisamente un “loco” que te sigue el juego.

«Ven, hijo, ven… tengo algo muy bueno para venderte, pero espera; aún debes pasar por muchas etapas: compra este curso, dos libros, un retiro, este hilo y un perfume…»

Y todo ese tiempo, ESO ya eras tú.

Pero tal vez el verdadero error no sea del gurú, sino nuestro: mientras pensemos que debemos convertirnos en algo distinto de lo que ya somos, nos alejamos de la realidad.

El hambre espiritual se alimenta de quienes nos dicen que siempre hay un nivel más alto que alcanzar.

Pero la verdad es simple: no hay nada que perseguir.

Se podría decir que, para realizarse de verdad, hay que llegar al punto en que ya no se busca. Y es entonces cuando comenzamos a comprender. Eso equivale a volverse espiritualmente no espirituales. Ya somos lo que buscamos. Y toda nuestra angustia nace precisamente del hecho de que no sabíamos, desde el principio, que ya éramos ESO.

Si lo hubiéramos sabido de verdad… la espiritualidad nunca se habría convertido en un mercado.

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